Es mi abuela, es lo único que tengo y la quiero con locura…

Noche recién venida era aquella, noche de llovizna cálida, noche de mediados de un otoño perezoso que dejaba atrás el calor que yo ya empezába a echar de menos.

Nunca llueve a gusto de todos y cuando hace 40 grados pocos somos los que estamos a gusto. De ese tema charlábamos aquella tarde de viernes, una tarde cualquiera de una guardia movida cualquiera.

Una chica precipitada cuando colgada una cortina recién lavada, “La dichosa limpieza a fondo de cada año cuando termina el verano”. Fractura cerrada de fémur izquierdo que tras analgesiar e inmovilizar trasladamos y directa al quirófano.

Un señor que podaba unas ramas de un árbol en la puerta de su casa tuvo la mala fortuna de dar con sus huesos en la acera, otra escalera mal fijada y otros huesos rotos que supusieron más analgesia y más quirófano.

La cosa iba de traumatismos; un chico se cae de la bicicleta y queda inconsciente, recuperado a nuestra llegada también requiere de traslado para valorar qué hay debajo de aquel “chichón” que le supuso perder consciencia durante unos minutos. En estos casos siempre pecar de exceso, máxime con TCE de por medio. El casco guardado en una mochila negra que llevaba a la espalda, ¡allí podía ir para proteger aquella lata de bebida energética!

Eran las 22:30 cuando suena el teléfono de los avisos, otra vez el soniquete del Exorcista, esa melodía pelín macabra a la que no me acabo de acostumbrar nos activa y vuelta al ruedo de las sirenas. Luces de colores que se reflejan en lunas de coches y escaparates por aquella calle céntrica atestada de gente, es día de tiendas abiertas hasta altas horas, día de consumo desmedido, es un día que llaman de “Black Friday”, y digo yo…que negro lo es, pero para las tarjetas de crédito.

La gente no se aparta, es increíble, pero es la realidad, hay personas que nos ven venir y parece que les puede la necesidad de cruzar la calle justo un segundo antes de que pasemos, en fin que la película de “El Bola” hizo mucho daño, ¡qué se le va a hacer!

Portal 3, 2 B. “¡Aqui, es aquí!”, una chica joven nos hace señales desde una ventana.

Ascensor diminuto y escaleras de poco más de 90 centímetros de anchura nos llevan a un piso igual de diminuto.

Disartria y desviación de comisura había sido el motivo de la llamada. Las sospechas se confirman nada más poner los ojos en Rosario, quizá no se llamase así, y qué más da. (Nombre ficticio como siempre).

La chica es su nieta y nos cuenta cómo ha oído un ruido y se la ha encontrado tumbada en el baño.

La movilizamos para poder explorar, el espacio es muy reducido y está tumbada en el suelo helado.

Ya en el sofá se confirma la sospecha, hemiparesia izquierda nos habla de un más que probable ICTUS, así se lo cuenta la médico a la chica cuando resbalan dos lágrimas por sendas mejillas de una cara joven, muy joven…
Lágrimas y ni una sola palabra.

Dos vías, saco sangre, hacemos electro…Hiperglucemia e hipertensión que tenemos que controlar antes del traslado. Rosario busca con la mirada a su nieta, está confusa, asustada y se resiste a dejarse hacer.

“Estoy aquí abuela, estoy aquí a tu lado, ¡no te vayas por favor, no te vayas, no me hagas esto por favor, tú no!”. Fueron las primeras palabras que salieron de su boca tras la conversación con la médico.

Igual no tendría importancia, igual cualquiera que se dedique a este mundo de la salud las habrá oído mil veces, pero no, no era el tono de desesperanza por la pérdida, era algo más que perder a un ser querido, era sentir que pierdes tú tanto como el que se va…

Y no me equivoqué, la chica relató entre súplicas a Rosario que ahora que empezaba a superar la pérdida de sus padres y su hermano en aquel maldito accidente, justo ahora, justo ese día en el que cumplía 18 años y tras 6 de ser huérfana veía que la vida le arrancaba a la única persona que le quería, la única persona que le quedaba.

Su abuela se había hecho cargo de ella, huérfana del resto de familia, su abuela la crió, la paga de la abuela el único dinero con el que vivir; todo, casa incluida, se lo llevó aquel maldito accidente.

Una vez controladas las constantes, Rosario se agita, se resiste a ser movida de aquel sofá. Mientras mis compañeros tratan de movilizarla de la mejor manera posible, cogí las manos de la chica y la miré a la cara para decirle algo que no era lo que quería oir, yo no sabia si sobreviviría a aquella noche, pero si sabía que su abuela trataba una y otra vez de sujetarla y darle un beso, quizá el beso que entendía de despedida, quizá un beso que mitigara su dolor, un beso de cariño inmenso sin duda.

También sabía que la habíamos cogido muy a tiempo, que el hospital estaba a pocos minutos y una vez alertado el neurólogo de guardia, ese tiempo era oro…”Ayúdanos a trasladarla por favor”.

Secó lágrimas, le dió un beso en la frente y cogida de su mano, Rosario se dejó hacer.

Fuimos directos al TAC,que confirma obstrucción de un vaso importante.

Al salir fuimos a hablar con aquella chica joven, sentada en una de aquellas sillas azules de sala de espera, nos terminó de relatar una historia que ya le habíamos oido contar a su abuela, nos dió las gracias y la mano…

– Nos despedimos: “Ojalá todo salga bien”.
– Entre lágrimas “Es mi abuela, es lo único que tengo y la quiero con locura”.

Se le trató inmediatamente y pasó a la UCI aquella misma noche.

A la mañana siguiente entramos en su historia clínica y vimos que su recuperación había sido casi de milagro.

Café con caras de alegría fue aquella mañana al salir de guardia con ese buen sabor de boca que compensa aquellos mil sabores amargos.

Y recordé estas letras que un día escribí…

“Que el sufrimiento ajeno no te sea indiferente, que seas humano y no piedra.

Retira vendas de insensibilidad. Que tu mirada no quede en lo que ves, que veas lo que sientas y sientas lo que no ves.

Que no rechaces al que sufre por ahorrarte fatigas pasajeras, sus penas podrían ser las tuyas el día de mañana y nada se agradece más que una mano en la oscuridad.

Que no quede en palabras hueras tus intenciones, que tus actos las demuestren y te hagan dormir a dos patas sueltas.

Que estas palabras te hagan pararte a pensar, quizá al final merezca la pena…
Ser humano y no piedra merece la pena”

Y así otra batalla y así una profesión.

Otros relatos en los libros Batallas de una ambulancia 1 y 2 .

  1. (Fotografía. Galería de Asociación punto de enfoque)
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