Mi primera vez. Mi primera parada.
Y hoy, poniendo mi mochila en orden recuerdo…

Han pasado años y aún recuerdo aquella angustia, aquel sudor…
Hacía pocas semanas de mi incorporación a la UVI Móvil, tras meses de formación y prácticas estaba preparado, o al menos eso pensaba yo.
Recuerdo aquellos viajes de mañana temprano camino de la base, conforme me acercaba al trabajo aquellos pensamientos, aquellas dudas…¿Será hoy mi primera parada?, ¿Estaré a la altura?, estos equipos son buenos de cojones, saben lo que hacen y casi sin hablarse cada uno sabe lo que tiene que hacer…¿y yo, sabré reaccionar?
Había atendido éxitus e incluso una parada, pero nunca siendo componente de un equipo de emergencias, siendo responsable último. Siempre había alguien que te echaba una mano, siempre venía alguien detrás que te daba el relevo y te libraba de esa responsabilidad, pero sabía que el día que tocase en la UVI no vendría nadie detrás, o nosotros o nadie. Vida o muerte a tus espaldas.
La primera vez, recuerdo recordar aquel primer beso de primero de Instituto. Tenía 15 años y se me dio fatal, un desastre….claro que después mejoré, me decía en un intento de autoconsuelo.
Pensamientos aparte, era martes y quizá 13, pero ¡qué más da!, tocaba guardia lluviosa de frío intenso.
Revisar hasta la obsesión era mi mejor defensa en un intento de mitigar ansiedad. Cada vez que sonaba el teléfono de los avisos el tiempo se paraba a mi alrededor. ¡Por favor, Dios que sea una tontería!, me repetía cada vez que sonaba aquella dichosa musiquilla del Exorcista que un compañero, menos estresado y más veterano que yo, había puesto como tono de llamada.
Y sonó, justo era mediodía cuando el compañero técnico que llevaba en teléfono gritó ¡Parada chicos!… Y en ese momento te mentiría si te dijera que no sufrí yo la parada. 
Chaleco, riñonera, sirenas y ese sonido de guantes que encajan en manos…pocas palabras y mil pensamientos que me inundan.
Fueron menos de 10 minutos en los que di mil repasos al protocolo. Medicación, cálculo de dosis y visualización de mil prácticas. Todo revuelto y visión túnel al bajar de la ambulancia y coger mi mochila.
Un segundo piso sin ascensor y en la cocina entrando a la izquierda el equipo de primaria acaba de llegar e iniciar RCP Básica.
70 años sin antecedentes de interés, independiente para vida diaria que ha sufrido un síncope y lo han encontrado en parada.
No hay vía. Purgo suero en un segundo y coloco compresor, ¡no hay venas!, joder la obesidad y el frío han hecho que sus vasos se colapsen.
Mil ojos pendientes de mi y no hay vena que pinchar.
Un intento y nada, cojo aire, me voy al otro brazo y nada, otro pinchazo y le pido al compañero que saque una intraósea.

La tierra desapareció bajo mis pies, mi primera parada y mis peores pesadillas se estaban cumpliendo. ¡Joder qué mala suerte!…noto el sudor resbalar por mi espalda. 

Un último intento antes de usar la pistola de intraósea y…¡por fin tengo un pelo!, suficiente de momento…
Adrenalinas cada 3 minutos y voy preparando Bicarbonato.
Al coger la segunda vía todo cambia, ya si hay venas y todo sale perfecto. 
Quizá antes también las había y mi estrés nubló mi capacidad. 
30 minutos de RCP Avanzada y el médico dio por finalizada la reanimación. <<Para Alberto, hemos hecho todo lo posible>>. No había salido de aquella asistolia en ningún momento. Con los brazos agarrotados de dar masaje me resistía a parar. Fue la mano de un compañero puesta en mi hombro la que me sacó de aquella visión túnel que me impedía dejar de comprimir.
Paré y aún con mis manos sobre su pecho me recuerdo mirando aquellos ojos abiertos de mirada perdida de aquel hombre. Recuerdo el momento justo en el que fui consciente de que habíamos perdido.
Me inundó una desazón, una sensación de malestar y pena, unas lágrimas que no dejé que saliesen. Era un hombre joven y sano, era mi primera parada. Fue mi primer bofetón de realidad.
A pesar de haber hecho todo lo posible, todo el protocolo al pie de la letra; habíamos perdido la batalla. Lo que no decía aquel protocolo es que perder forma parte del protocolo.
Recuerdo recoger todo el material en silencio, recuerdo llanto silencioso de su mujer e hija y recuerdo culpabilidad mezclada con vergüenza.
Al salir mirada cabizbaja y un “lo siento, les acompaño en el sentimiento “, fueron mis palabras.
Con aquella charla que tuve con el equipo, ese que llevaban muchas batallas perdidas y muchas batallas ganadas, recuperé algo de ánimo.
Me eché en el sofá aquella noche y la sensación de frustración no me dejó cerrar los ojos.

Fue la primera y fue para mi un palo. Fue el inicio de entender.
De entender que somos sanitarios no Superhéroes y que para poder ganar hay que empaquetar muy bien las derrotas previas tras haber sacado las conclusiones de aprendizaje oportunas. 
Vinieron muchas más, ninguna fue igual a ninguna. Volvimos a perder y ganamos, algunas ganamos. 
Hoy sigo teniendo los mismos deseos de sacar adelante a alguien que se para y hoy entiendo mucho mejor que si no lo conseguimos es porque somos humanos y ante ese pequeño defecto poco podemos hacer más que volverlo a intentar con las mismas ganas que supuso aquella primera vez. 
Y así otra batalla y así una profesión.

No, no somos Superhéroes.Carta de un enfermero a una abuela que perdió a su nieto.

“Al leer su relato se me saltaron las lágrimas. Vaya por delante mi dolor, dolor a buen seguro de aquel equipo que perdió aquella batalla.

Sin ánimo de disculpar y desde el más absoluto de los respetos me gustaría comentarle, desde ese dolor me gustaría compartir con Ud.

Tardaron mucho…

Desconozco el tiempo que tardaron en llegar, desconozco el motivo de esos 25 minutos, pero resulta que es imposible tener una UVI detrás de cada persona. Quizá sea cierto que podría haber más recursos y quizá también no sea menos cierto que a veces la población demanda recursos avanzados para circunstancias que podrían resolverse con otros, dejando libres los avanzados para situaciones realmente de emergencia
 No es menos cierto que todos deberíamos ser más solidarios con esas ambulancias que nos piden paso en la carretera con luces y sirenas, no son pocas las veces que nos vemos frenados por conductores que tratan de avanzar delante de nosotros, que no nos ceden paso en las rotondas, peatones que cruzan aun viéndonos venir…Ojalá fuésemos más solidarios, ganaríamos tiempo y puede que vidas.

No le salvaron…

Me gustaría hacerle entender que es mentira, no somos superhéroes, esa visión idealizada que se nos quiere hacer ver acerca de lo que somos es falsa.
Somos humanos y también perdemos, también nos equivocamos y no siempre sale cara. No le salvaron y estoy plenamente convencido de la frustración que esa derrota supuso a ese equipo. Ese que al salir por la puerta tuvo que reponer entereza porque quizá tuvo que enfrentarse a otra pelea; otra que quizá ganó o quizá también perdió, pero sin duda pelearon con las mismas ganas que lo hicieron con su nieto.

Me gustaría que entendiese que no somos culpables de que pasen las cosas, no somos responsables de que ese Ángel callese al agua, no somos responsables de que alguien bebido atropelle a una señora con un carrito y mate a un bebé, no somos responsables de que aquel chico que calló de la obra no llevase arnés de seguridad…somos responsables de tratar de arrebatar vidas a la que nunca pierde, y resulta que perdemos. ¿Somos por ello menos profesionales, somos menos humanos, somos responsables de todo lo que sucede?…
Me gustaría hacerle ver que también somos padres, madres, abuelos, que lo que a su nieto le sucedió le puede pasar al mio. Que estoy convencido que ellos vieron en su cara la cara de un niño tan querido por ellos como su nieto por usted.
Me gustaría contarle que sé lo que es perder un Ángel, sé el dolor que se sufre, sé que te ahoga el aliento y también sé que un padre una noche tras perder a su hija nos dio un abrazo que aún hoy agradezco. Esa noche un chico se salvó de un accidente de tráfico, tocó ganar, tras perder, tocó ganar.
Me gustaría hacerle entender a todos esos compañeros que hoy sufren por esas derrotas que perder forma parte de nuestro trabajo, que la frustración no ayuda y que la gestión de ese dolor es necesaria para poder seguir ganando.
Me gustaría por último hacerle saber que sé que nada de lo que diga podrá devolverle a ese Ángel y por ello querría darle un abrazo, uno sincero y de todo corazón

Alberto Luque
Un enfermero de batalla”
PD: Ayer subí un post a un grupo privado.
Narraba una parada de un niño que se ahogó y gracias a una buena RCP del socorrista y la actuación de nuestra UVI salió adelante.

Una abuela difundió un post donde recriminaba a un equipo haber llegado tarde y no haber salvado a su nieto de 3 años, yo le contesté tal y como puedes leer en los comentarios. 
Empatizo con su dolor, aunque por desgracia me es imposible entenderlo plenamente, sólo aquel que sufre la pérdida de un hijo o un nieto puede saber plenamente lo que se siente. 

Hoy decidí volcar, a través de esta carta, una reflexión en voz alta. Su relato me dejó un pellizco y me llevó a esas reflexiones que leíste en la carta. Reflexiones para mi, para los familiares, para el resto de compañeros que nos dedicamos a tratar de salvar vidas.

Una tarde de ira<<Os quiero y os voy a matar>>

Si, en esta profesión a veces te quieren matar…
Tarde atardecida era aquella de un febrero lluvioso, de uno de hace tres años.
Cielo plomo desde el amanecer y llovizna que nos había calado aquella mañana atendiendo un tráfico sin más consecuencias que chapa, pintura y fractura de muñeca.
A las doce de la mañana atendimos una parada. Mujer de 62 que se había sincopado en vía pública. Una hora de intentar, pelear y que había dejado sabor amargo en el equipo tras la derrota.

Hay avisos que aun saliendo todo bien al final sale todo mal.

Perdimos y fue uno de esos avisos que te colocan pies en tierra y te bajan del pedestal de los invencibles. Uno de esos que te dan bofetada de realidad y te enseñan que no somos super y menos héroes.
Aún recuerdo una hija joven que se acercó a preguntar entre lágrimas si su madre había sufrido…

Estaba siendo maldita guardia y la cosa, la cosa siempre puede empeorar, créeme, puede empeorar…
Justo eran las 17 horas y vuelve a sonar el teléfono. <<Chicos tenemos un camión ardiendo y un señor que parece haber intentado quemarse en su interior >>…Era el Técnico el que nos lo comentaba camino de la ambulancia.
Chaleco, riñonera atada a pierna y entrada en visión túnel. 
Sonido de guantes que se ajustan en manos heladas.

Sirenas, luces y otra vez a la carrera camino de una explanada embarrada de las afueras.

Un vigilante de seguridad ha apagado el incendio y sacado al conductor de la cabina donde al parecer ha intentado suicidarse.
Agachado y dejado caer sobre una rueda el camionero levanta la cabeza y nos invita a marcharnos <<Iros, no os necesito para nada. No me duele nada y estoy vivo, por desgracia estoy vivo >>.
Es un Policía quien nos comenta que, según les ha dicho, ha intentado quemarse porque ha gastado mil euros en bebida y chicas de compañía. Al parecer ha robado el dinero de la caja fuerte de la empresa y ha decidido “darse un festival” antes de acabar con su vida.
Agresivo, no colaborador. Da un salto para levantarse y encararse al policía que en ese momento habla por teléfono con la mujer…<<Tengo 54 años y puedo hacer con mi vida lo que me de la gana. Ni vosotros ni mi mujer me vais a obligar a vivir >>
Le conseguimos tranquilizar tras hacerle ver que queremos ayudarle. Tras ponerme gafas y guantes de seguridad, la experiencia nos puso en alerta, me acerco y consigo que hable, ya menos exaltado.

Nos cuenta que lleva un año sin probar una gota de alcohol, que su vida no tiene sentido y que no ama a su mujer sino a una Diosa del más allá, esa cuya voz le dice que su vida tiene un fin al otro lado. Ha de hacer caso a esa voz interior y ha de partir al otro mundo para cumplir una misión.

Según comenta la mujer al médico por teléfono, toma Antabus, ese fármaco usado para el tratamiento del alcoholismo. 
Alcohol y fármaco ha sido una bomba que ha despertado un brote de esquizofrenia, la sufre desde la adolescencia.

Conseguimos tomar constantes que están dentro de la normalidad. En la exploración no presenta signos de quemadura en fosas nasales, ventila sin dificultad y únicamente una ampolla en dorso mano izquierda que se ha hecho con un cigarrillo.
Parece colaborador y le comentamos la necedad de llevarlo al hospital para una revisión más en profundidad. No dice nada y se deja acompañar al interior de la ambulancia.

Al intentar coger vía algo no va bien, se pone tenso <<Os quiero, os quiero, de verdad que os quiero, pero esta maldita voz…Os tengo que matar, lo siento, pero os voy a matar >>…
En previsión de lo que pudiese suceder, ya estábamos poniendo sujecciones de manos y pies, pero no dio tiempo. Mano y pierna izquierdas comenzaron a golpear todo lo que encontraban…Intenta morder, escupe, voces, barro…

Cargo Midazolam y tras reducirlo con ayuda de la policía lo sedamos con difusor intranasal. 
Entra en sueño al tiempo que habla con su voz, <<Espera, espera que voy. Tengo que ir, ya dejé todo resuelto…>>…A los pocos minutos ronca camino del hospital.

Al llegar a base miro la ambulancia y otra vez un campo de batalla. Barro y sangre manchan suelo y sábanas…
Hoy si que fue una batalla y no precisamente literaria.
A veces nos toca librar estas, estas batallas contra mentes rotas, contra esa loca de la casa que decía Santa Teresa.

No son pocos los casos de chicos jóvenes cuya mente cayó en ese infierno quizá de la mano de aquellos porros de nada.

Alcohol y drogas no sólo rompen cuerpo, también desordenan cabezas y con frecuencia traen mentes rotas a esta ambulancia.
Y así otra batalla y así una profesión.

Besos y caricias.

No leas, quizá no te va a gustar leer olor a frustración del que siente que falló a un ser querido, olor a sudor de batalla dura.
Revisando mi diario de avisos hoy me tropecé con uno de esos avisos duro en lo técnico y emocional; de esos que araña recordar.
Han pasado seis años de aquel agosto del 2011 y tras leer lo que en su día anoté no he podido evitar que se me nublaran los ojos al recordar a aquella chica. 
Te cuento lo que viví, lo que hoy recuerdo como si de ayer se tratase, como si ahora mismo estuviese sucediendo…
Calor y más calor. Era tarde de no salir, de esas que cuesta respirar y la luz te ciega nada más poner pie en la calle.
Era guardia de avisos ordinarios y un susto en la Piscina Municipal. Aquella tarde terminaba de leer El Quijote, fue mi verano del Quijote. Un verano bonito.
Volvió a sonar el teléfono a las cinco en punto y sin preguntas me calzo botas, chaleco y abrocho riñonera a cintura y muslo derecho.

<<¡Varón de 52 en posible parada, es atendido por su hija!>>

Calles desiertas y silencio en la ambulancia sólo alterado por sirenas y sonido de guantes que encajan en manos sudorosas. No hay palabras de por medio.
Inconscientemente, cada uno de nosotros, repite un gesto, un algo tipo tic que le hace entrar en su propia visión túnel, su propia concentración previa a la batalla que se avecina.
Chalet grande de ladrillo y granito. A la puerta una mujer suplica prisa entre lágrimas y sollozos. 
Salón a la derecha. Aire acondicionado que nos recibe con un bofetón de frío intenso. Sobre una alfombra roja varón inconsciente entre sofá y televisión. 
A un lado un vecino realiza maniobras de RCP Básica, al otro su hija, una chica de unos 20 años <<Despierta papá, despierta por favor…>> Besa su mejilla al tiempo que acaricia su pecho desnudo y sudoroso que es comprimido por aquel vecino.

RCP práctica y RCP de cariño al tiempo pensé. Reanimación de besos y caricias es la de su hija, una reanimación del que nada más que dar ese cariño sabe hacer para devolver a la vida a ese ser querido.
Inconsciente en parada. Un compañero releva en el masaje. El monitor describe esa falta de pulso, esa asistolia que es muerte. Pupilas midríaticas arreactivas a la luz.
Pulsioxímetro no capta, glucemia dentro de la normalidad.

<<Se ha levantado de la siesta con malestar general, ha vomitado y de repente ese dolor intenso en el centro del pecho que le ha llevado a perder la consciencia entre asfixia y sudor frío >> La hija le continúa besando, ahora la mano, mientras relata que se ha bloqueado, no ha sabido reaccionar a pesar de que desde el 112 le estaban indicando qué debía hacer. Su madre ha alertado al vecino que es monitor de un gimnasio y ha sido el que ha iniciado las maniobras.

<<Mi padre ha muerto por mi culpa, no le he ayudado, cuando más me necesitaba no he sabido ayudarle>> lágrimas…<<despierta por favor, no nos hagas esto, por favor despierta…>>

Vía del 18, adrenalinas, a los pocos minutos la médico le ha intubado, yo le he colocado sonda nasogástrica y me voy relevando con los técnicos en el masaje.
Lleva unos 15 minutos en parada y su único factor de riesgo es una maldita hipertensión recién diagnosticada.

Es joven y tiene que salir, <<¡Venga vamos, vuelve!>> susurra entre dientes el conductor a golpe de compresiones, se trata de una familia amiga de sus padres, aquella chica es amiga de la infancia.

Pasan los minutos y el sonido de las compresiones torácicas, ese sonido hueco tan característico que una vez lo oyes nunca lo olvidas, es el único que se escucha en aquel salón con olor a fatalidad.

<<Para, para…tiene pulso >>, satura a 97{dd1faaa974e128bd5987fd795b61a773592e8c72189d8063a58278bb9a158e92}, la capnografía es óptima y el monitor registra ritmo de taquicardia, su corazón quiere despertar.

Ilusión truncada al minuto, entra en Fibrilación Ventricular, descarga y asistolia. Vuelta al masaje…

Un, dos, tres, cuatro…y otra vez ese sonido grave de costillas que se hunden para estrujar miocardio.
Otra Fibrilación, y a la segunda descarga vuelta al ritmo de vida…taquicardia que va cediendo a ritmo sinusal.
Sonrisas y lágrimas en la chica que no suelta la mano al tiempo que no su madre no suelta el hombro de la chica. Ambas han sido invitadas por la médico a presenciar la reanimación si se veían con fuerzas.
Hay que trasladar a hospital con Hemodinámica.
Durante ese traslado no recupera consciencia a pesar de no haberle sedado…habrá que esperar a ver si quedan secuelas.

Transferencia rápida en urgencias donde espera el cardiólogo…hay que estabilizar y esperar.

Al salir, la madre sostiene a hija que ahora llora sin consuelo posible. No es capaz de articular palabra más allá de la culpa, esa culpa que tratamos de hacerle razonar no le pertenece, <<Hiciste lo que buenamente pudiste y tu padre va a salir de esta >>. <<Tus besos y tus caricias a falta de otra cosa fueron su, tu consuelo. La vida la puso vuestro vecino>>
Nos dio un abrazo a los cuatro del equipo y un <<La próxima no fallaré, la próxima sabré hacer RCP, os lo juro…>>
Por el compañero supe que fue dado de alta al mes y medio. Tuvo secuelas de las que nunca se recuperó totalmente, pero que no le impiden hacer una vida dentro de la “normalidad” de un post infarto.
Y así otra batalla y así una profesión.
Tienes, como siempre, permiso para compartir, si te gustó puedes compartir.
Otros relatos en el blog que es tu casa albertols.com 
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