La noche más larga…perdimos, perdió la vida, ganó la inconsciencia, ganó la que nunca pierde.

Hoy es el día Mundial en recuerdo de las Víctimas de Accidentes de tráfico.

Una noche oscura de invierno, un puente de diciembre. Guardia tranquila sin entrar en detalles, porque hay detalles que duelen, aunque pase el tiempo duelen.

Aquella mañana había sido mañana de tristeza, ¡joder qué pena da abrir otra puerta de soledad, qué pena da ver cómo abandonamos a nuestros mayores!

Noche de frío negro, silencio roto por el teléfono nos vuelve a poner en marcha… “Chicos, es una salida de vía con vuelco y dos atrapados, va Tráfico y Bomberos”.

Luces, de noche se evitan sirenas. 10 kilómetros y al fondo de la recta, luces de intermitentes. Coches parados nos deja claro que allí mismo es.

A la derecha se ha salido un turismo azul y ha dado contra el pilar de un puente.

Un chico joven, muy joven, solloza con las manos tapando su cara “No, yo no tengo nada, él por favor, él…”

Conductor atrapado, difícil lo tenemos para acceder. Coche sobre costado derecho e inestable y aún no han llegado bomberos.

Valoramos seguridad, casco, guantes anticorte…La luneta delantera ha volado y me permite entrar no sin penar, no sin algún rasguño.

“No respira, no tiene pulso Isa”.
Sangrado abundante procedente de TCE severo, heridas incompatibles con la vida. Nada podemos hacer.

No llevaba cinturón de seguridad.

“¡Iba como loco, sí, hemos bebido y hemos consumido, pero no pensé que iba a reaccionar así!” El amigo relata a La Guardia Civil aquella noche de fiesta. El coche es suyo y su amigo le pidió conducir, se estaba sacando el carnet y decía controlar. Quería saborear el vértigo de la velocidad, ver pasar luces de coches y la vida de forma fugaz, lo más rápido posible…y así fue, allí quedaron sus ganas de vivir rápido, su vértigo y su juventud.
A los pies de aquel puente quedó otra vida joven víctima de la inconsciencia.

Y el dolor no paró. A los pocos minutos unas voces se acercan desde la oscuridad. “¡No por Dios, no, no, no es verdad!”

Su padre, alertado por un vecino ha acudido desde el pueblo del final de la recta, los chicos son de allí.

Tocó atenderle, tratar de consolar, difícil tarea, necesaria tarea. Lloros y lamentos, gritos y porqués que claman al cielo.

“¡Mil veces hijo, mil te dije que me llamaras, a la hora que fuese que yo iría a por ti, al fin del mundo habría ido por tal de que no cogieras un coche habiendo bebido!”

Sus palabras a su hijo fallecido son mis palabras a mi propio hijo vivo.

Cuando pasó, Pablo tenía 10 años y fue a la mañana siguente cuando lo senté a él y a su hermana y les expliqué aquella lección de vida.

Quizá sean niños, quizá no entiendan, o quizá al ver a su padre llorar, entendieron la importancia de confiar en su padre y en su madre por encima de todas las cosas.

  1. PD: Este es un relato real, sólo morbo que nada aporta suprimí. D.EP él y las 1810 personas fallecidas en accidentes de tráfico aquel 2016.
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