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Muertes ignoradas, muertes ausentes.

Sonaba él televisor tras la puerta que los bomberos no tardaron más de cinco minutos en abrir. Era 26 de diciembre del año 2013.

La vecina insistía en que hacía varios días que no le veía salir, era un hombre afable, un hombre raro.

Vivía solo y esporádicamente venía un sobrino a visitarle, nunca quiso abandonar su hogar, allí había vivido con su mujer cuando vinieron del pueblo a la ciudad y allí terminaría sus días comentaba la mujer que eran sus palabras cuando se cruzaban en el portal.

Tomás era viudo y vino del pueblo a trabajar en la fábrica…el relato de la buena mujer no paraba de describir al vecino que ya daba por ausente.

Al entrar el olor a pena, el olor a tristeza silenciosa, la penumbra y frío, mucho frío.

Allí sobre el sofá estaba Tomás, arropado en manta y bufanda dejado caer sobre un cojín, a él se había agarrado en su despedida.

Al final un cojín, un cojín fue su último consuelo, su último amigo con el que compartir, con el que confesar alegrías, tristezas y sinsabores de una vida.

Una vida en cuadros pensé en aquel momento. Aún sin conocerlo me pude hacer una idea de aquella vida, una vida en blanco y negro, una vida en color…Las fiestas del pueblo donde tocaba el acordeón, las comuniones, la mili en Regulares, la boda con aquella mujer guapísima, las vacaciones en la playa, la jubilación, aquella foto en color brillante de Las Lagunas de Ruidera. Su vida cubierta de polvo sobre el viejo mueble bar, su vida contada en desperdigados cuadros por paredes para quien quisiese escuchar.

¿Y dónde estaba toda aquella gente que tantas risas y buenos momentos habían compartido con Tomás? ¿Por qué esa casa tan de pena, tan de tristeza, porqué tanta miseria acumulada en bolsas por toda la casa?

Las preguntas acudían al tiempo que redactaba la historia clínica del hombre ausente y al tiempo tan presente.

No paraba de imaginar que fue la pena, la puta soledad la que arrastró a Tomás.

El anciano que se convirtió en raro y que las Fotos describían como un hombre afable, un hombre bueno, un hombre solo, un hombre abandonado.

La ciudad deshumanizada lo arrinconó en ese salón, nadie le atendía ni siquiera en lo más básico que es el cariño. 

Tan aprisa vivimos que la ceguera se apoderó de nosotros, ceguera hacia el que nada material nos aporte.

Al salir, sobre un mueble de la entrada vi la última foto, aquella foto de su último cumpleaños. Una sonrisa amable que nos recibió al entrar en su casa y que hoy se despedía para no volver.

A aquellas muertes ignoradas que hoy aún son personas presentes.

Y así otra batalla y así una profesión.

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1 comentario
  1. Marieta
    Marieta Dice:

    Yo podria seguir leyendo y espero hacerlo.
    Las palabras fluyen con mucha facilidad, creando un cuento maravilloso…
    Me encanto!Bss

    Responder

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